miércoles, 17 de agosto de 2011

ALBOR de CARLOS A. BADARACCO






Dormité de repente,
todo era monótono, hasta tú imagen.
Tus ojos apagados, tu risa casi desvalida;
 no abandonabas las sombras que te envolvían  lúgubres,
y taciturnas.
Las auras del tiempo aparecieron y  las sombras revivieron,
resurgieron, y los silentes sonidos se armonizaron
y todo cambió de repente.
El primer sentimiento se despertó, como sin nombre;
con  suaves y fantásticos colores un lirio esbozó su mote,
se mostró.
Suspiré un largo aliento entre los quejidos del tiempo.
En las alamedas: en sus ramas eróticamente apareció
una musa, Erato, la musa de la poesía amorosa,
quité de mis pupilas ese velo que me envolvía
y en el sendero,
esbozando una sonrisa, entre los montes, allí
donde despertó mi sexo, la vida me entregaba al amor.
Entre trinos y gorjeos. Como un mendigo me sometí a la pasión,
con mi suerte a cuestas mi vida se vistió
de luz.
Allá en el albor, el bosque cerrado como una cripta
me entregó mi primer contacto con el amor,
el verdadero amor
Algo se desprendió de su cuerpo, una luz casi divina,
un fulgor, un brillo
y me desperté dulcemente enamorado.

CARLOS A. BADARACCO
16/8/11

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